
Querido Éufrates:
Seguí de viaje hasta llegar a Túnez.
¡Qué hermoso país! Me di el gustazo de un oasis lleno de agua y palmeras. También disfruté de ese lago inmenso de sal en pleno océano de arena… arena y más arena y de lo que llaman las rosas del desierto. Asimismo me saturé de dromedarios y camellos, y de comer dátiles.
Disfruté muchísimo de un país pobre que vive del turismo entre otras cosas, y que con mucha hospitalidad te hace la vida agradable. ¡Qué diferencia con nuestra islita donde todo es difícil!
Pero eso lo sabe medio mundo; sólo quería contarte una anécdota y no es, por si te lo han dicho, mi episodio con la camella y la tirada que me dio en pleno Sahara... se trata de una sorpresa que nos llevamos.
Una de esas tardes que salimos a caminar por Hammamet ¡encontramos una discoteca cubana! ¡Por Dios! Me emocioné mucho y me sentí el tipo más envidiado del mundo por mis amigos… más patones que los ingleses, que es mucho decir.
¡Eureka! Dirías tú. Sí, Éufrates, una discoteca con música cubana de la buena, rones y mojitos. Todos agradecimos a los Dioses por este descubrimiento… y como el único de mi grupo nacido en Cuba era yo, mis amigos de viaje me insistieron para que los enseñara a bailar salsa.
Como comprenderás, a mi edad moviendo las caderas, los pies y las manos al mismo tiempo fue todo un espectáculo. Me acordaba de aquellos días de “el perico está llorando” o “el baile del buey cansa´o”.
¡Ay Dios mío, qué lío! como decía Celia. Menos mal que luego llegaron otros cubanos -ya he descubierto que los cubanos somos una plaga con el don de la obicuidad- y eso me ayudó a pasar a un segundo plano y de paso disimular el cansancio. Mojitos van, mojitos vienen y la noche terminó sentados en la piscina del hotel cantando “Lágrimas negras”… y un sevillano gritando a ratos: ¡¡¡¡aaaaaazúuuuuucarrr!!!!!
La discoteca era muy tunecina-cubana, pero el carro frente a la entrada daba un toque surrealista con sus adornos… ¡y la cara del Ché!, quien dudo que alguna vez haya bailado salsa.
¡Ah! El de la foto es uno de mi grupo, quien esperó la mañana para inmortalizarse junto al mejunje del carro tunecino-cubano-guevariano. Cosas que pasan, querido Éufrates.
Un abrazo, tu amigo Plutarco
