
Si algo funcionaba bien en Cuba a finales de los ochenta, era aquello del inventario. Presenté un día mis papeles en Inmigración para pedir la salida del país, y al otro día me tocaron en la puerta para hacerme el dichoso inventario. A partir de ahí comencé a sustituir una mesa de hierro antigua, que salió clandestinamente una madrugada por el patio de mi casa, por un viejo macetero de tres patas y una superficie de cartón, disimulada bajo un mantelito bien cursi. Fueron esos días de definiciones, donde un vaso roto podía costarme el futuro, un amigo querido dejaba de visitarme, u otro se aparecía a las doce de la noche, para que nadie lo viera, porque tampoco quería dejar de desearme éxitos en lo adelante.
© Evel GonzálezPero, si a alguien asocio bien con esta etapa de mi vida, es a Evel González. Tenía él 20 años y compartía la pasión –que es su trademark- entre sus primeros pasos por la fotografía y el corazón de una de las mejores fotógrafas de la década del ochenta, Sonia Pérez. Recuerdo la tristeza de Evel cada vez que participaba en mis reparticiones de libros u otros objetos de valor afectivo para mí. Nos habíamos conocido un par de años atrás, nos habíamos vuelto familia, y él estaba consciente de que, sin irme todavía, ya yo no estaba allí. En medio de aquel caos emotivo y los desprendimientos, le entregué a Evel, al más joven y último en llegar de todos mis buenos amigos, el archivo de negativos fotográficos que había ido alimentando por diez años. La madrugada que me fui de Cuba, Evel estuvo con mi familia y amigos íntimos en el aeropuerto, hasta que vio despegar aquel avión de Easter que me llevaba a lo desconocido.
© Evel González
Casi una década después regresé a la Isla a ver a los míos, y ahí supe que Evel también se había marchado, “creo que a Venezuela...”, alguien me dijo. A partir de ese día me olvidé completamente de mi archivo, porque ya si no podía imaginar a quién Evel se lo había dejado.
© Evel GonzálezY, pasó el tiempo y pasó... hasta un día en que, alguien me visitó en mi oficina de New York, acompañado de un periodista venezolano; cuando el hombre supo de dónde yo era, enseguida me contó que trabajaba con un fotógrafo cubano “buenísimo...”, llamado Evel González. Dicho periodista venezolano regresó a Caracas con mi dirección electrónica en un papelito, para hacérsela llegar a mi entrañable amigo.

Unos días después recibí un email de Evel, cuyo texto decía al empezar: “Saqué de Cuba tu archivo. Dame una dirección para enviártelo”. Así de sencillo, como si nos hubiésemos visto el día anterior, y no hubiesen pasado tantos años y tantas cosas de por medio.

Son muchas, muchísimas, las anécdotas que nos unen. Pero, haberme cuidado mi archivo por doce años, intacto, tal como se lo había entregado, sacarlo de Cuba (una historia que Evel me debe, ojalá un día me la cuente, o nos la cuente por esta vía) y luego enviármelo, es una de las historias, cuando de la amistad se trata, que más me han conmovido en mi vida. Evel y yo no nos hemos vuelto a ver. Pero, a ratos, estamos al tanto uno del otro a través de familiares y amigos, o un par de llamadas con el Atlántico por medio, pues Evel lleva ya tiempo viviendo en Barcelona.


Después de esta larga, pero para mí imprescindible introducción, los dejo para que disfruten esta muestra de la obra actual del excelente fotógrafo que es Evel González, cuyo blog está enlazado en la sección Noche de Ronda... de El Imparcial Digital. ¿Sorprendido, maestro?
© Evel González