
En los años ochenta, la prensa cubana tenía una ley no escrita que los fotógrafos y editores sabían que no podían traspasar: Prohibido retratar a una figura del gobierno comiendo o bebiendo. Y mucho menos, publicarlo.
Este es el tipo de foto que los Castros y su pelotón nunca han querido hacer pública. ¿Qué ejemplo para el pueblo cubano que pasa tanto trabajo para alimentar a sus hijos?
Yo tuve una experiencia. En una recepción en el Palacio del Segundo Cabo, le tomé una foto a Gabriel García Márquez llevándose unos bocadillos a la boca. Acto seguido, un seguroso, de esos discretos con guayabera y bolígrafos en el bolsillo, me agarró por la camisa demandándome que le entregara el rollo. Por ahí tengo el negativo, un día voy a imprimir la foto para mostrárselas. Salvé la instantánea, el rollo y hasta la cámara, gracias a otro seguroso acostumbrado a verme por los salones, que dijo: “Déjalo chico, que Eufrates sabe que no puede publicarla”.
Ahora que desempolvo la fotocopia de esta imagen del argentino austero, según la leyenda, lo que veo es a un Ché risueño junto a ¿Núñez Jiménez?, goloceando el plato de comida, rodeado de perlas, abrigos de pieles, señoras y señoritas elegantes, y caballeros en trajes, hijos de nuestra burguesía nacional y quizás algún extranjero. Lo que no veo en la foto es a un Ché incómodo con sus enemigos de clase.
(Desconozco el nombre de la persona que tomó esta foto).